| 23. 03. 06 |
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| EXPRESAR TU OPINION LIBREMENTE SIN LEVANTAR AMPOLLAS
Hace años que se ha establecido como un valor arquitectónico de la personalidad madura lo que en términos psicológicos se denomina asertividad, que se viene a definir como "la capacidad de expresar tus sentimientos, ideas y opiniones, de manera libre, clara y sencilla, comunicándolos en el momento justo y a la persona indicada". La asertividad es lo que hace que entre personas maduras sea posible una comunicación racional y normalizada, en la que cabe la crítica de las ideas y de las posiciones intelectuales al mismo tiempo que la cooperación y el desarrollo de tareas colectivas. NI AGRESIVOS NI PASIVOS / RESPETARSE A UNO MISMO, RESPETAR A LOS DEMAS / NO ESTAR SOMETIDO A LA NECESIDAD DE APROBACIÓN DEL OTRO / La asertividad se coloca en un medio virtuoso, entre la "agresividad" y la "pusilanimidad". No se trata de dar pábulo a la violencia verbal, antesala de todos las demás violencias; se trata de mostrarse respetándose a uno mismo y respetando a los demás, de un modo directo, honesto y apropiado. La clave de la asertividad es la autonomía emocional, es decir no estar sometido emocionalmente a la necesidad de aprobación del otro -dependencia masoquista- ni tampoco a la necesidad de escandalizar al otro, que no es sino otra forma de dependencia sádica: mantener el equilibrio emocional; saber decir y saber escuchar; ser positivo y usar correctamente el lenguaje no verbal, encajando con deportividad la crítica. EL MIEDO A LAS IDEAS OPUESTAS En efecto, el problema con los sentimientos es el de su arbitraria expansividad. Tenemos todos una tendencia, seguramente de raíz cultural, a enamorarnos de nuestras ideas y creencias, de tal modo que cuando alguna de esas ideas y creencias es criticada o valorada negativamente nos duele; de ahí la pregnancia emocional que adquiere nuestro lenguaje cuando nos referimos a los críticas de nuestras ideas, que siempre solemos traducir como ataques, varapalos y agresiones, cuando en realidad no son sino palabras. Es como si nuestras ideas no fueran simplemente representaciones más o menos adecuadas para relacionarnos con la realidad del mundo que nos rodea, sino que fueran de algún modo carne de nuestra carne; de ahí las pasiones que se encienden ante la crítica. NO ACEPTO IMPOSICIONES NI DESEO IMPONER MIS IDEAS El respeto a las libertades individuales y, en última instancia, el amor a la propia libertad, debe llevarme a no aceptar imposiciones de revelaciones ajenas a mi propia experiencia; y, por la misma regla, debo renunciar a imponer mi propia revelación. Reivindica el profesor Peces-Barba en su magnífico libro España civil el valor existencial que para cada uno de nosotros tienen las creencias basadas en opciones religiosas, así es en el ámbito de mi biografía, en la historia de mi particular busca de sentido. Pero al mismo tiempo, si queremos construir una patria civil y una sociedad abierta, tenemos que asumir que la subjetividad, la parcialidad de cada revelación, lleva necesariamente a reconocer la necesidad de un espacio definido convencionalmente por un lenguaje que, aunque limitado y quizá artificioso, vaya más allá de toda particularidad, permitiendo la convivencia de lo diferente. Y que conste que me considero creyente, y tengo mis sentimientos asociados a mis propias creencias. Pero, como Pascal, sé que mi fe es una apuesta, por lo tanto incierta, y que las apuestas se hacen a riesgo y ventura de cada uno. Javier Otaola es abogado y escritor. SINOPSIS/ EL PAIS / 2006 |